RECUERDOS DEL PASADO:
¿Somos aquello que los demás recuerdan de nosotros?
Uno de los beneficios del Psicoanálisis es hacer caer esas identificaciones del pasado que pesan sobre nosotros
como una losa bajo el signo de la culpa.
LA VERDADERA EDUCACIÓN:
La mejor manera de ofrecer una educación sana a los hijos es que los padres emprendan un análisis personal.
Lo mismo si lo que se busca es poder ofrecer a los hijos un ambiente familiar sano y equilibrado.
Sobre todo si en la vida de los padres hubo discursos enfermizos e incapacitantes.
Discursos que los padres recibieron a su vez de sus propios padres. Los cuales con toda seguridad tampoco se analizaron.
Es una inversión mucho más segura y coherente que buscar el mejor colegio posible.
Claro que ponerse a trabajar la propia historia requiere de una firme y verdadera voluntad de mejora
que no todos los padres están dispuestos a realizar.
Los hijos bien merecen el esfuerzo, porque lo que es determinante y verdaderamente importante para la vida es lo que se aprende de los padres
y de todo aquello que sucede en casa.
No lo que se aprende en el colegio.
LO QUE SE ENFERMA ES DEL DESEO:
Siempre que la enfermedad hace acto de presencia la pregunta por el deseo se vuelve ineludible.
El deseo protege al cuerpo frente a la enfermedad.
Por eso las personas felices enferman menos.
EL LUGAR DEL DESEO:
En el Sujeto ¿Quién habla?
¿De dónde proviene el discurso que pronuncia y que guía su deseo?
¿Se puede ejercer un deseo sin identificación?
¿Desde qué lugar, entonces, se desea?
EL DESEO EN ANTÍGONA:
La tendencia, al igual que el deseo y su motivación, es del orden de lo inconsciente.
Al igual que Antígona, la tendencia inconsciente cumple su función dentro de una permanente relación con el Otro.
Ese Otro que nos da un lugar de Sujeto. Muchas veces trágico, por cierto.
Ese Otro a quien siempre le hablamos.
Con independencia de a quien creamos que nos dirigimos al hablar.
Es de ese Otro el discurso que realizamos.
Lo sepamos o no.
Por eso muchas veces da igual cuantos discursos de motivación consciente se le entreguen al Sujeto.
Por muy optimistas, racionalistas, bienintencionados o luminosos que éstos sean.
El Sujeto encuentra el límite exacto que el Otro le impone.
En la mayoría de los casos si el Sujeto, valiente, decide atravesarlos para dejar de someterse a ese discurso incapacitante, entonces, lo que sobrevienen son los sentimientos de culpa.
La buena noticia es que se puede desanudar esa esclavitud al deseo del Otro y el lugar que, como Antígona, realizamos para él.
Todo cambio verdaderamente consistente empieza por la referencia al inconsciente.
NO ES EL DESTINO, ES EL DISCURSO DEL OTRO:
Hablar es, ante todo, hablarle a alguien.
Sin la necesaria complicidad de un Otro que nos hable y recoja nuestras palabras no habría causación posible del lenguaje.
El lenguaje, en sí mismo, representa a este Otro que antecede a nuestro propio discurso.
De hecho, si aprendemos a hablar, es porque es de él de quien recibimos toda práctica de discurso.
La mayoría de los padres podrán atestiguar esta experiencia con sus hijos.
Esto explica cómo el Sujeto permanece necesariamente sujetado por el lenguaje mismo o, si se quiere,
aquello que es del Sujeto es lo que ha caído en las redes del lenguaje.
Pero recordemos: es el Otro el que al comienzo, en la infancia, sitúa al Sujeto en un discurso. En su discurso, el del Otro.
¿Qué sucede si, ya adulto, ese lugar de discurso asignado al Sujeto no se rompe?
Sucede que el Sujeto no podrá, nunca, ejercer su propio discurso ya que es al discurso del Otro al que responde.
Ya sea haciendo exáctamente todo lo que le dice, tal cual se lo dice. Ya sea haciendo exáctamente todo lo contrario de lo que le dice.
En ambos casos se trata de lo mismo: hacer caso al discurso del Otro.
También en este punto los padres podrán atestiguar esta experiencia con sus hijos:
"Mi hijo me lleva la contraria: Basta que le diga blanco para que haga negro".
Por mas coartadas que a nivel de la consciencia este Sujeto se diga a sí mismo "yo esto lo hago porque yo quiero",
es la dimension del discurso del Otro la que se realiza.
Veamos algunos lugares de discurso que se escuchan con frecuencia en la consulta:
Ser repetidamente abandonado por la pareja, sentirse permanentemente engañado, estafado o víctima de una situación angustiante.
Ser inmerecidamente tratado por los demás sin causa alguna, incluso expulsado de todos los trabajos.
Hay quienes creen que se debe a un acto de mala suerte. Como si aquello no tuviese nada que ver con ellos mismos,
por más que se repitan los resultados una y otra, y otra vez. Son siempre los demás, la mala suerte, nunca ellos.
Lo que estas personas no saben es que inconscientemente hacen lo necesario para producir esos resultados, esos lugares de discurso.
Así, es bastante frecuente recibir a adultos que repiten, aún con los necesarios disfraces circunstanciales pero siempre con idéntico resultado,
las mismas historias de sus padres, su mismo discurso.
Y es que, si es por el Otro por quien aprendemos a hablar, también será por el Otro por quien aprendamos a callar.
También a censurar, a reprimir, a reir, a llorar, y hasta a elegir el trabajo y la pareja.
En este punto la enfermedad no es una excepción ya que es algo que también los hijos aprenden de sus padres.
Ya sea por la via de la identificación o por la más oculta manera de pagar sentimientos de culpa o la propia agresividad vuelta hacia dentro
que esta situación genera. En otros casos, incluso, se puede llegar a enfermar para satisfacer una orden recibida de parte del Otro.
Gracias al análisis las personas pueden romper con esa tendencia inconsciente que los apresa al descubrir el discurso que los maniata.
Rastrear los momentos clave que configuraron ese discurso inconscientemente aprendido: frases oídas o recibidas, palabras encontradas,
hechos biográficos o, incluso, determinadas circunstancias que también serán inconscientemente buscadas para recrear esos lugares de discurso
y asi obtener confirmación de que ése y nigún otro es su lugar.
Abrir paso a la palabra en un análisis, con la específica y atenta escucha que sólo el psicoanalista posee,
es abrirse paso al propio discurso para dejar de realizar los lugares que el discurso del Otro nos asigna.
EL SUJETO ES SIGNIFICACIÓN:
El Sujeto nace por el reconocimiento que el Otro le realiza.
Es decir que para que el Sujeto tenga "conciencia de si" ha de existir primero la intervención de un Otro.
Experiencias de desatención temprana tanto como de abandono así lo demuestran.
Si no interviene el lenguaje simbólico no hay Sujeto.
Habrá otra cosa. Un niño salvaje o un autista por ejemplo. Pero nunca un Sujeto.
Este es el punto cero del aparato consciente.
Así, es un tremendo error considerar al Sujeto sin su necesaria referencia al Otro que lo instituye por medio de un lenguaje donde el Sujeto adquiere lugar de existencia.
Desconocer la Ontología inaugural del campo donde el Sujeto actúa es desconocer que el Sujeto mismo es significación.
Significación hecha del deseo del Otro que lo reconoce.
Operar en psicoterapia sin esta Ontología fundamental explica los continuos callejones sin salida a los que las TCC
(Terapias Cognitivo Conductuales) y sus imaginarias variantes psicopedagógicas contemporáneas arriban de manera permanente.
No escuchan sencillamente porque no saben lo que hay que escuchar, y en su lugar se dedican a sonreír y a asentir con la cabeza.
El valor que el Psicoanálisis le concede a la palabra, así como el extensísimo análisis personal del analista, es la mejor garantía de cura.
SOBRE EL AUTISMO Y OTRAS PSICOSIS:
El lenguaje simbólico, al contrario de lo que creen algunas personas, no es emitir fonemas por la boca.
El lenguaje simbólico es la capacidad para realizar metáforas: Poder designar una cosa por medio de otra. Por ejemplo en la poesía o los chistes.
Esta capacidad para metaforizar la realidad es el aspecto necesario para advenir un "Sujeto normalizado".
Sin este mecanismo el Sujeto quedará atrapado en estadios precoces del orden de la psicosis.
En este sentido hay una frase que lo resume de una manera muy buena me parece. Es una frase que dice:
"Todos nacemos locos. Algunos continúan siéndolo".
Todo esto es una generalidad pero sirva de ejemplo:
Si le dices a un "sujeto normal" que ayer tu primo tenía tanto hambre que se comió el plato, el sujeto entenderá que es una expresión del lenguaje.
Pura metáfora.
Si le dices lo mismo a un psicótico creerá que en verdad tu primo se comió el plato de cerámica.
Esta capacidad para metaforizar está vinculada a un proceso en relación a la madre (o quien cumpla esta función) donde, tras un necesario tiempo unido a ella, el niño/niña deberá ser separado.
¿Y si la madre no se separa del niño? Aquí está todo el riesgo.
Quien debe separar a la madre del Goce que el niño le aporta se supone que es el padre (o quien cumpla esta función).
Pero si no hay padre o si éste no ejerce su papel, entonces el riesgo de quedarse atrapado, adentro, de ese lugar que es la madre será inminente.
La psicosis (dentro de las cuales el autismo viene a ser una "psicosis infantil) no es una patología genética.
Está en relación con el-no-advenimiento-al-orden-simbólico en el cual estamos inmersos.
Los autistas, por ejemplo, no hablan.
Ni mucho, ni poco.
No hablan.
Por más que la Industria Farmacéutica se empeñe en ampliar su espectro.
No han advenido al lenguaje simbólico.
Los psicóticos adultos si que hablan pero no de la manera metafórica en que lo hacemos el resto de personas.
Todo esto es una caricatura para que se entienda un poco mejor el lugar de articulación por donde el Sujeto adquiere la capacidad metafórica del lenguaje.
RESEÑA SOBRE <<EL SER Y EL UNO>> :
* En “El ser y el Uno” lo que encontramos es una revisión del estatuto de lo Real.
Lo Real pasará de ser “lo no-Simbol-izado” a invertir su relación con el Significante, el cual quedará como siendo “lo-no-Real-izado”.
Para ello Miller introduce eso que llama “breve curso de filosofía para psicoanalistas” en donde despliega
las concepciones que acerca de lo Real tenían diferentes autores entre los cuales destacan Descartes, Kant y Hegel.
De alguna manera podríamos decir que el cambio operado en Lacan, respecto de su concepción de lo Real,
es el cambio existente entre lo-Real-Kantaino (que es imposible de conocer y que como tal no produce efectos)
hasta lo-Real-Hegeliano (al cual sí se podría acceder y del que se obtendrían sus efectos).
* En el capítulo 4, que es el que a continuación voy a exponer, Miller explica cómo se va a ir produciendo ese cambio.
Lo formula como una secuencia:
Un primer cambio realizado a nivel del objeto a, un segundo cambio, consecuencia del anterior, realizado a nivel del Goce.
Ambos conceptos, objeto a y Goce, pasan del registro de lo Imaginario a circunscribirse en el registro de lo Real.
Podemos escribir la secuencia de cambios como una serie:
Objeto a ===> Goce ===> Real
El punto de apoyo fundamental será el nuevo concepto de Goce que al cambiar de estatuto pasará de ser un producto edípico
a formar parte independiente del cuerpo que con posterioridad habitará el Sujeto.
* Voy a intentar explicar esto de la manera más sencilla posible.
Empezaré por decir que la Historia del Psicoanálisis encuentra su origen en la histeria.
Es decir, que Freud inventó el Psicoanálisis a partir de la Neurosis histérica.
Esto supone que la práctica analítica, tal como Freud la vislumbró, tiene su límite, precisamente, en aquello que constituye al Neurótico, esto es:
la castración.
Esta versión del Psicoanálisis establece al inconsciente, de un lado como el resultado de la represión edípica y, de otro lado,
lo establece como la causa y el origen de los síntomas.
Es decir: los síntomas son de origen inconsciente o, lo que es lo mismo, toman como base la castración edípica.
Entonces, el campo donde viviría el Sujeto, entendido como Neurótico, sería un campo de estatuto edípico.
Es decir un campo hecho de Ley; un campo que se ordenaría en torno al deseo por la madre y a su interdicción, lo que obligará al deseo a circular.
Un campo, en definitiva, donde el conjunto de las significaciones remitirían, en último término, al Falo Simbólico,
piedra angular de todo el sistema neurótico.
* Haciendo un paralelismo podríamos pensar que el origen del Psicoanálisis Lacaniano, a diferencia del Freudiano,
se realizó no a partir de la Neurosis, sino a partir de la Psicosis.
Ya en su tesis doctoral Lacan dibujó claramente la temática psicótica: “De la Psicosis Paranóica en sus relaciones con la personalidad”.
El mismo interés también lo encontramos al comienzo de su enseñanza con el Seminario III “La Psicosis”.
Esta primera versión del Psicoanálisis Lacaniano supone una práctica que encuentra su límite no en aquello que, como en Freud, hace al Neurótico
sino en aquello que, precisamente, no lo hace: la no-castración.
De esta manera vemos cómo Lacan amplía los limites de la experiencia analítica, tal como fue postulada por Freud,
al no quedarse detenido frente a la castración. En lugar de eso Lacan dirige su mirada hacia aquello que sucede antes de la castración.
Si pensamos el campo que inaugura la castración, el campo de lo Edípico, como siendo el campo donde gobierna la Ley, es decir
el campo de lo jurídico, vemos que lo que sucede antes de la castración sería el campo de lo-sin-Ley, o sea, el desgobierno de la pulsión.
Si antes vimos cómo Freud encontraba el límite del análisis en lo que hacía al Neurótico fue porque consideró que el Sujeto sobre el que se
aplicaba el método analítico era un Sujeto eminentemente edípico, es decir, que tiene como punto de partida la castración y el orden que impone.
Del mismo modo si Lacan dirigió su práctica hacia aquello que hay de previo en la castración, fue porque entendió que el Sujeto sobre el que
se aplicaba el psicoanálisis, si bien neurótico, conservaba algo de no-edípico.
Es decir que en el Sujeto habría algo que no podría ser borrado por muy perfecta que fuese la castración.
Se trataría de algo, un elemento, donde el símbolo no podría ejercer su Ley.
Sin embargo este elemento tendría, por fuerza, que conservar algún tipo de relación con el Sujeto ya que, de otro modo, no se explicaría
por qué ese algo persiste y acompaña al Sujeto, incluso, con posterioridad a la castración.
* Es decir que ese elemento sería una constante que daría una continuidad a los dos campos delimitados:
El campo de lo-sin-Ley, y el campo de la Ley.
Esta constante Lacan la encuentra en la Madre. Pero no en la Madre Edípica con la que se encontrará el Neurótico, esto es con la Madre interdicta,
sino en la Madre Pre-edípica:
Aquella que para el Sujeto no está sometida a la Ley y que, como tal, se despliega en el campo de la pulsión y el Goce.
Y esto es así porque al no existir el límite que el Padre marca, el sujeto pre-edípico no tiene necesidad de aceptar castración alguna.
Pero, como sabemos, el Sujeto edípico si acepta esa castración. De manera que si bien no puede alcanzar a la Madre,
por lo menos le encontrará un sustituto; algo semejante a ella.
A este algo semejante Freud lo llamó Das Ding, y Lacan, en su interrogación por aquello que sucede antes de la castración, designó como siendo
el objeto a.
Este punto es crucial y no hay que perderlo de vista:
El Sujeto establece una relación permanente con este objeto a, al cual está fijado y del cual se sirve como una guía.
* Si bien a lo largo de sus desarrollos teóricos Lacan varió el estatuto acordado a este objeto a, en todos ellos podemos decir que hubo un hilo
conductor: la castración.
Pero ¿Qué es la castración? La castración es, ante todo, una división, una descomposición, una separación en partes.
Y es en esta operación de separación como Lacan entendió el objeto a: como una parte separada de nosotros mismos.
Entonces ¿Cómo despliega Lacan el primer estatuto de este objeto a?
Lo extrajo a partir de la experiencia de pérdida corporal que vive el niño y que, a su modo, constituye la serie de castraciones
previas al Complejo de Edipo.
Es decir, el objeto a sería corporal, y como tal imaginario. Tenemos que recordar que en este momento tratamos con el Lacan del Estadio del Espejo.
Este delineamiento sigue una secuencia pulsional donde la primera experiencia de pérdida corporal la experimenta el niño al nivel de la pulsión oral
mediante la pérdida del seno materno, que vive como formando parte de sí. Será la castración oral.
Después, en la pulsión anal, son entonces las heces que el niño evacua las que registra como pérdidas al nivel del cuerpo propio.
Esto es la castración anal.
Finalmente, en la cima edípica, sería la pérdida del estatuto fálico que hasta entonces el niño creía ser, lo que constituirá la castración simbólica,
de la cual el Falo es su producto, su representante.
Este sería el momento a partir del cual el Sujeto accedería al Goce, siendo éste un Goce de estatuto edípico, es decir simbólico,
y por lo tanto necesariamente estructurado según la ley: el Goce fálico.
Más tarde veremos cómo Lacan ampliará el concepto de Goce tornándolo cada vez menos edípico, menos estructurado, menos fálico,
hasta acordarle un estatuto de Real que quedará por fuera del sistema neurótico del lenguaje-sentido.
Pues bien, Lacan considera que con anterioridad a estas tres castraciones, oral, anal, fálica, se produce una primera experiencia de separación
corporal con el trauma del nacimiento pues el niño es expulsado de otra parte de sí mismo: la Madre, que también forma parte de él,
siendo separado de sus envolturas embrionarias. La castración Real.
Es por este sesgo corporal como Lacan equipara a la Madre pre-edípica, representante del Goce primero, con el objeto a.
* De manera que el inconsciente del Sujeto neurótico no olvida aquello que estuvo antes de la castración.
Y si esto es así es porque el Sujeto, equiparado a una memoria, no solamente tiene un registro edípico, de lenguaje, en donde se escribirían
Significantes, sino que también contiene un registro de Goce, en donde se escribirían las marcas habidas, ya sean caricias o golpes,
que permanecen presentes en el Sujeto pese a haber asumido la castración.
Se trataría aquí de dar cuenta de un Goce anterior al advenimiento simbólico del Sujeto. Será un nuevo paradigma de Goce no sujeto a la Ley.
Así, gracias a esta doble inscripción que se produce en el Sujeto (Sujeto edípico o del Lenguaje y Sujeto pre-edípico o del Goce) podemos pensar
que lo que hasta entonces era la repetición significante en el discurso, ahora, pasará a ser una repetición de Goce-no-edípico en el cuerpo,
donde tendrá cabida ese registro de Real que se repetirá indefinidamente.
Esto permite vislumbrar cómo el lenguaje se superpone al Goce, de manera tal que el síntoma neurótico por muchos abrigos del lenguaje
con que se vista es, en su esencia, Goce. Goce disfrazado con las ropas del lenguaje.
Lo interesante de esta versión del psicoanálisis lacaniano es el hecho estructural que nos dice que el Sujeto manifiesta una tendencia,
una voluntad ingobernable por querer volver, por querer regresar, a ese campo primero de goce.
Se podría decir que por muchas sublimaciones que el Sujeto realice, su Goce no cambia realmente de punto de vista.
* Pero ¿Cómo podría conseguir el Sujeto de lenguaje reunirse con ese Goce?
La única posibilidad que tiene la encuentra en ese elemento en común entre los campos edípico y pre-edípico: el objeto a.
El objeto a, pese a ser de naturaleza no-edípica, se ejerce con posterioridad en el terreno edípico.
Pues bien: este punto de convergencia entre los dos campos Lacan lo conceptualizó mediante el Fantasma:
Se trataría de una función que permitiría al Sujeto edípico ponerse en contacto con el Goce pre-edípico al que aspira,
siendo encarnado por el objeto a.
Es decir que en el Fantasma se da una relación entre el Sujeto edípico y el objeto a tomado en su vertiente gozante, pero este Goce
¿Dónde lo sitúa Lacan?
El objeta a, si pertenece a los dos registros, edípico y no-edípico, es porque en ambos registros cumple una función.
La función edípica del objeto a es la de ser la causa del deseo. Esto es fácil verlo: en la medida en que la madre edípica es interdicta
el Sujeto buscará con qué sustituirla. De ahí que funcione como lo que causa el deseo, que es siempre, por fuerza, deseo de otra cosa.
La función no-edípica del objeto a, función primera, es la de ser el representante del Goce que vive el niño en el campo de lo-sin-Ley
desplegado por la pulsión.
El objeto a, y el Goce que el objeto a representa, Lacan lo concibió en un primer momento como siendo de naturaleza imaginaria.
Es el Lacan del Estadio del Espejo, donde el Sujeto asume su imagen corporal pero como separada de sí mismo, es decir la castración imaginaria.
Se expresa bien en la idea de júbilo que experimenta el niño cuando ve su imagen reflejada en el espejo por primera vez y del que Lacan dirá que,
si pudiera, ese niño diría “Yo quiero ser como él”.
Sin embargo Lacan, en su interrogación por lo que acontece antes de la castración, situó el origen del objeto a dentro de la pulsión,
que no puede ser borrada por el Lenguaje, de manera que el estatuto final acordado al objeto a, y el Goce que lo acompaña, será Real.
* Esto, a su vez le permitió a Lacan no sólo conceptuar un nuevo estatuto de cuerpo donde primaria el Goce por encima de la Imagen
(el Sujeto aún sin tener una imagen del cuerpo propio, experimenta al cuerpo gozando de sí mismo), sino que tuvo consecuencias para el propio
estatuto de Real, el cual ya no sería simplemente el lugar donde el símbolo no ha entrado sino que se establecería como
la dimensión de donde todo lo que es puede surgir.